“Estoy impresionado con la cantidad de gente. Yo he participado en Ronda de Juegos. Cuando se hacía Juegos en el Parque, yo también estaba ahí. También estuve en Periscopio mostrando mis juegos. Pero en ninguno vi esta cantidad de gente. No estoy acostumbrado a esto”.
La Mesa Maestra ya había terminado; estábamos en el Patio366 compartiendo sushi, papas fritas y shawarma porque eran los únicos platos disponibles a esa hora.
Entre los presentes estaba Daniel Fuentes, uno de los autores seleccionados para La Mesa Maestra. Aunque ya había mostrado sus juegos en distintos encuentros, nunca había visto tanta gente interesada en probarlos.
Daniel Fuentes es el autor de Explosión, un juego que él mismo define como party game, en el que los jugadores son “ingenieros locos que compiten por ser el primero en unir 10 piezas a su cohete. Pero la tarea no es fácil, pues cada pieza que se una puede desestabilizar el cohete y hacerlo explotar… lanzando piezas a los otros cohetes en competencia, haciéndolos estallar también”.
El juego suena simple, pero postular no fue tanto.
Fuentes es inspector de garita en una empresa de transportes en Melipilla. Usaba una polera roja con franjas negras que le recorrían los brazos; tenía la barba larga y canosa. Hablaba pausado, pero firme. Lo que decía parecía una sentencia: «Estuvo bueno». El «bueno» sonaba seco. No había dudas para él.
Jugó con 18 grupos durante las ocho horas que duró la jornada. En otro lugar, dijo, no habría sido posible esa cantidad de gente.
No tiene computador; o sea, sí tiene uno: es un tarro que ni siquiera se conecta a internet.
“¿Para qué? Si no necesito internet para diseñar”, dijo.
—De haber leído bien las bases del concurso, no habría postulado.
—¿Cómo no?
—No, porque cuando me avisaron que había quedado, supe que tenía que tener un prototipo virtual y yo no tenía idea de eso. Después leí que había que venir a Concepción y yo nunca había viajado, no sabía cómo lo iba a hacer porque tenía que pedir permiso en la pega.
—Pero estás acá. ¿Cómo lo hiciste?
—Usé el computador de mi trabajo. Casi me echan, pero al final me dieron permiso para hacerlo.
Fuentes no es muy amigo de la tecnología. Así que fue un desafío preparar su prototipo en Tabletop Simulator (TTS), la plataforma que usamos para que los jueces de todo Chile y Perú –porque por primera vez invitamos a un jurado internacional– pudieran probar el juego de manera sincrónica sin importar dónde estuvieran.
El computador del trabajo de Daniel no es de Daniel; tampoco es de la empresa donde trabaja. Resulta que es un comodato que le facilita un prestador de servicio a la empresa de transportes, por lo que los dueños tienen acceso remoto al equipo para verificar su funcionamiento en cualquier momento.
Estaban en eso cuando se dieron cuenta de que alguien había instalado Steam, TTS y otros programas en el computador. Levantaron las alertas y denunciaron que eso “iba a echar a perder el computador”.
A Daniel le llamaron la atención. Reconoció haber instalado los dos programas vinculados a su participación en La Mesa Maestra, pero de los otros no tenía idea. Como era él quien utilizaba el equipo, tuvo que asumir la responsabilidad y explicarle a su jefe directo que estaba creando un juego para participar en un concurso en Concepción.
—Le tuve que decir, no más. Le pedí que me autorizara a ocupar el computador fuera de mi horario de trabajo y así fue como monté el juego.
—¿Y cómo lo hiciste para estar acá? Porque tuviste que pedir permiso, me decías…
—Sí, le puse color y le dije al jefe que me habían seleccionado y tenía que venir para ver si me daban un premio.
Y llegó.
***
El viernes, un día antes de La Mesa Maestra, Daniel se sumó a la jornada de testeo cruzado que organizó Conce Lúdico. Quienes estuvieron ahí cuentan que lo vieron entusiasmado probando un prototipo de peso pesado, de esos que toman un buen rato en preparar la partida y en los que cada decisión cuenta, ahora o en el futuro.
No fue el único que llegó antes. Varios de los autores aprovecharon la instancia para encontrarse, conversar y probar los juegos que presentarían al día siguiente. Algunos también llevaron otros prototipos, por si acaso.
La reunión se extendió desde las 18:30 hasta las 00:30 horas.

Mientras ellos jugaban, nosotros estábamos preparando la Biblioteca Municipal. Ordenamos las mesas y después seguimos en Planeta LoZ, cortando credenciales, imprimiendo los últimos informes y resolviendo los detalles que todavía quedaban pendientes.
Terminamos cerca de las nueve de la noche. Bastante antes que los autores, aunque habríamos preferido terminar todavía más temprano. Sabíamos que el sábado sería largo.
***
Así como Daniel Fuentes, también llegaron otros 18 autores y sus acompañantes a la Biblioteca Municipal de Concepción. A diferencia de los días previos, el sábado 24 de octubre fue un día de mucho sol y calor. Era un buen augurio porque incluso días antes del evento nos preguntaron si íbamos a suspenderlo por efectos de las lluvias.
En Santiago quedó la batahola con el Niño Godzilla y acá no fue muy distinto: clases suspendidas, calles anegadas y lo típico de la lluvia de invierno, salvo porque estamos en primavera.
No solo en Chile.
El miércoles previo a La Mesa Maestra arrancó a las 9:28 con un mensaje de WhatsApp que llegó al grupo de los autores convocados al evento:
“Hola. Estoy en la terminal de Mendoza, Argentina, tenía el micro para ir a Santiago a las 12 y me acabo de enterar de que el paso está cerrado y no abre hasta el viernes 😭. Estoy buscando alguna alternativa, pero si por esas casualidades alguien alguna vez viajó para este lado y sabe de otra forma les agradecería la data”.
Era Rocío Spinelli, autora de Mesa Dulce, que campante llegó con una maleta de cabina a la Biblioteca a la hora que habíamos citado a todas las autoras y autores.
Llegó de madrugada, pero nadie que no supiera su historia lo habría imaginado. Llegó puntual y sonriente, canchera como buena argentina.
Se ubicó en la mesa, acomodó sobre ella cuatro sombreros grandes de chef, uno para cada jugador; eran pomposos, como los de las caricaturas. Ella también llevaba uno; se calzó un delantal de mezclilla que le hacía el outfit perfecto para su juego. Sobre la mesa estiró un mantel a cuadros y encima un bowl de aluminio.
A veces las maletas son mágicas y todo lo que traía en ella transformó ese rincón de la Biblioteca en una cocina.

Había otras cocinas también. Como la de Felipe Llanos y su Dulce Venganza. No era la primera vez de Felipe en La Mesa Maestra, así que, cuando pasábamos verificando que estuvieran bien y cómodos, siempre respondía con “todo bien”, contenido, pero conforme. Así fue durante toda la jornada.
Había otro chef. Era César Guzmán y su Restaurante 5 Estrellas que trajo desde Santiago a posar sobre la mesa más calurosa de la Biblioteca. También montó un mantel, se vistió de chef con un sombrero largo y atendió a sus comensales durante todo el día.
Con menos vestimenta, pero la misma actitud estuvieron los otros autores extranjeros que llegaron desde México, Perú y también los compatriotas chilenos que viajaron desde Antofagasta, Los Andes, Santiago, Chillán y los locales de Tomé y Concepción.
***
Pasó la tarde y las mesas que habíamos ordenado la noche anterior estaban llenas. Si hay una imagen que me queda de esa jornada, es esa: gente sentada alrededor de los prototipos, jugando, riéndose, compartiendo sus experiencias con autoras y autores. Algunos sabían mucho de juegos, otros mucho de juegos no sabían, pero tenían claro cuándo la estaban pasando bien y cuándo no. Y para muchos eso era suficiente.
Para nosotros fueron meses de preparación; para algunos, apenas ocho horas de testeo; y para otros, una aventura que incluyó la posibilidad muy real de quedarse en Mendoza, con el paso fronterizo cerrado, buscando cómo llegar a Concepción a como diera lugar. Todo para presentar una idea, un proyecto en ciernes, hecho a mano y seguramente con detalles que todavía estaban afinando en el bus o el avión camino a Conce.
Y después de todo eso, nos merecíamos un shawarma, sushi y papas fritas para cerrar La Mesa Maestra 2026. A pulso, otra vez, como ha sido en los últimos cuatro años.




